Radiografía
de la infancia
en Uruguay
Cómo es crecer en un país con cada vez menos niños.
Un país que envejece mientras nacen
cada vez menos niños.
El debate sobre la natalidad aparece rápido. Pero hay una pregunta anterior.
La curva se cruzó y no volvió atrás.
La línea de nacidos vivos lleva una década cayendo. La de fallecidos la cruzó en 2021 y no volvió a quedar por debajo. No solo nacen menos niños. También cambia el peso relativo de las generaciones: la población de 65 años o más crece trece veces más rápido que la de 0 a 14 años.
Cada vez que aparece este dato, vuelve una misma conversación: que nacen pocos, que el país envejece, que falta población.
Pero hay una pregunta anterior, más incómoda.
En 2024, el piso: 29.899 nacimientos, la cifra más baja desde fines del siglo XIX. Y 35.956 defunciones.
¿Cómo viven los niños que Uruguay ya tiene?
Son menos, pero concentran una parte desproporcionada de la pobreza.
La pobreza monetaria no se distribuye al azar. En Uruguay, la infancia sigue siendo el grupo más expuesto.
864.882 niños, niñas y adolescentes (NNA).
Son el 24,1% de la población, casi uno de cada cuatro uruguayos. Son menos que antes, pero concentran una parte desproporcionada de la pobreza.
La pobreza en Uruguay cae con más fuerza sobre niños, niñas y adolescentes.
El 27,5% de los NNA vive bajo la línea de pobreza monetaria, casi el doble que entre los adultos (15%) y más de cuatro veces que entre los mayores (6%).
La indigencia también los afecta más: 2,8% de los NNA frente al 0,3% de las personas mayores.
Pobreza monetaria
Mide si el ingreso del hogar supera la línea de pobreza. Captura privación de recursos económicos.
Pobreza multidimensional
Mide privaciones acumuladas en vivienda, educación, servicios, empleo y protección social.
El ingreso cuenta una parte de la historia.
La pobreza monetaria es indispensable. Pero no siempre captura las condiciones concretas en las que vive un niño.
Un hogar puede tener ingresos por encima de la línea de pobreza y aun así vivir en hacinamiento, sin acceso a internet, con empleo informal y sin cobertura de salud.
La desigualdad empieza antes de la escuela.
La pobreza multidimensional afecta al 28,8% de los menores de 6 años, al 26,3% de los niños de 6 a 12 y al 26,9% de los adolescentes de 13 a 17.
Entre los adultos de 18 a 64, esa cifra cae al 18,4%. Entre los mayores, al 6,9%.
multidimensional
multidimensional
monetaria
monetaria
El ingreso no cuenta toda la historia.
Al cruzar pobreza monetaria con pobreza multidimensional, aparece una imagen más precisa de la infancia uruguaya.
El 11% de los NNA no era pobre por ingresos, pero sí acumulaba privaciones estructurales que el dinero no resuelve: vivienda, servicios, cuidados, educación.
El 16,1% enfrenta las dos pobrezas al mismo tiempo.
Es el segmento más expuesto: bajos ingresos y privaciones acumuladas. Uno de cada seis niños, niñas y adolescentes en Uruguay.
Esa superposición suele estar asociada a condiciones estructurales del hogar: educación del referente, inserción laboral y condiciones de vivienda.
Las privaciones no aparecen solas.
Se acumulan en los mismos hogares.
Miradas una por una, las privaciones parecen indicadores. Miradas juntas, muestran las condiciones concretas en las que crece la infancia.
La pobreza multidimensional también tiene edad.
Casi uno de cada tres niños menores de 6 años vive en hogares con privaciones acumuladas. La cifra se mantiene alta a lo largo de toda la infancia y la adolescencia.
En todos los tramos, los NNA tienen una incidencia bastante mayor que los adultos, y varias veces superior a la de las personas mayores.
No es un dato de un año. Es una estructura.
La sobreexposición de la infancia a la pobreza, tanto monetaria como multidimensional, no es nueva. Es un rasgo estructural del Uruguay contemporáneo.
Un país donde las generaciones mayores parecen estar mucho más protegidas frente a la pobreza que quienes están creciendo.
Para un niño pequeño, la vivienda no es solo techo.
Es el espacio donde duerme, juega, se enferma, aprende y crece. Y las condiciones de esa vivienda importan desde el primer día.
El 28,6% de los menores de 6 años vive en hogares con hacinamiento, casi tres veces más que entre los adultos.
Sin internet. Sin calefacción. Desde antes de aprender a leer.
El 17,6% de los hogares con niños menores de 6 años no tiene acceso a internet. El 9,9% no tiene calefacción.
No son datos abstractos: internet es hoy tarea escolar, información, conexión. La calefacción es salud en invierno. Ambas son condiciones de base para el desarrollo.
Crecer no es solo vivir en un hogar
con más o menos ingresos.
También es tener un lugar adonde ir, adultos disponibles, tiempo de cuidado, juego, sueño, límites y vínculos.
La asistencia educativa cambia mucho a lo largo de la infancia.
En primaria y ciclo básico es casi universal. Pero en los dos extremos aparecen las alertas: la primera infancia y la adolescencia.
Uno de cada dos niños menores de 3 años no accede a ningún centro de cuidado o educación. Los que sí llegan, lo hacen mayoritariamente a través del CAIF.
Solo uno de cada cuatro jóvenes pobres termina el bachillerato.
Según el informe del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd) 2023-2024, el 53,2% de los jóvenes de 21 a 23 años había egresado de la educación media superior. Pero ese promedio esconde una brecha de casi 60 puntos: entre los del quintil de mayores ingresos egresan el 85,1%; entre los del quintil más bajo, el 25,5%.
No es solo un problema de acceso. La inequidad se acumula a lo largo de toda la trayectoria y alcanza su mayor magnitud al final.
La infancia depende del bienestar de quienes cuidan.
El 21,8% de los adultos referentes de niños pequeños tiene probabilidad de depresión, según la ENDIS 2023.
No es un dato sobre salud mental individual: es un dato sobre las condiciones en las que se ejerce la crianza.
Cuidar en contextos de privación tiene un costo que no aparece en ningún índice.
En los hogares de menores ingresos, el riesgo de depresión de los referentes llega al 26,2%. En los de mayores ingresos, al 13,5%.
El bienestar emocional de quien cuida no es un lujo. Es parte de la infraestructura de la crianza.
Hay violencias que no aparecen en ninguna
línea de pobreza.
Pero también organizan la vida de niños, niñas y adolescentes.
La violencia en la crianza sigue siendo demasiado frecuente.
En 2023, el 47,4% de los niños de 2 a 4 años fue sometido a algún método de disciplina violenta: psicológica, física o severa, en el mes previo a la encuesta.
Casi uno de cada dos niños.
La disciplina violenta no es una práctica marginal: alcanza a casi la mitad de la primera infancia uruguaya.
Pegar, gritar, humillar, amenazar: esas prácticas dejan marcas que ningún índice de privación captura, pero que la investigación muestra que afectan el desarrollo.
Casi tres de cada diez: los niños estaban presentes.
Según la Segunda Encuesta Nacional de Prevalencia sobre Violencia Basada en Género (2019), el 28,8% de las mujeres que viven violencia de pareja y tienen NNA en el hogar reporta que los episodios ocurrieron mientras los niños estaban presentes.
Y en dos de cada diez casos, la violencia también alcanzó directamente a los niños.
No solo como testigos: el 20% de esas mujeres reporta que su pareja o expareja ejerció violencia directa hacia los niños y niñas del hogar.
La violencia doméstica no es un asunto entre adultos. La infancia está en el medio.
La violencia sexual contra NNA es difícil de medir.
Pesan el miedo, el silencio y el estigma. En Uruguay no existía información periódica sobre su prevalencia.
En 2026, UNICEF realizó el primer estudio nacional, con preguntas retrospectivas a jóvenes de 18 a 24 años sobre experiencias antes de los 18.
El 19% recuerda haber vivido una situación de abuso sexual antes de los 18 años.
Entre las mujeres, la proporción es una de cada tres (30%). Entre los varones, 9%.
No son cifras de víctimas identificadas ni denunciadas: son personas jóvenes que, mirando atrás, reconocen haber vivido esas situaciones.
El agresor era alguien conocido.
En tres de cada cuatro casos, la víctima identifica al agresor como alguien de su entorno cercano: un familiar, un vecino, una pareja.
El 69% de las situaciones comenzó antes de los 14 años. Y el 55% no fue un evento aislado: ocurrió más de una vez.
Si se suman abuso y explotación sexual, son casi uno de cada tres jóvenes.
El 29% de los jóvenes de 18 a 24 años reporta haber sufrido al menos una situación de abuso sexual o explotación sexual antes de los 18.
Entre las mujeres, esa proporción llega al 39%.
La vida digital también abrió nuevos espacios de exposición a riesgos.
En la primera infancia, las pantallas ya forman parte de la vida cotidiana: juego, entretenimiento, compañía y aprendizaje. No se trata de demonizarlas.
Pero en el estudio de UNICEF, el 95% de quienes reportaron ofrecimientos de dinero a cambio de fotos o videos íntimos señaló que al menos una situación ocurrió a través de redes sociales u otras plataformas digitales.
La pantalla reaparece como el espacio donde también se expresan ciertas violencias.
En menos de dos años, 98 menores de 18 fueron atendidos por heridas de bala.
Los casos registrados en medios de comunicación son solo una parte: los especialistas advierten que hay subregistro significativo. El dato de ASSE es el de referencia institucional.
Más de diez de esos 98 tenían menos de 5 años.
En el principal hospital pediátrico, llega un menor baleado cada quince días.
Y la edad promedio de las víctimas está bajando: pasó de 14 a 12 años.
La violencia armada ya no rodea a la infancia.
La atraviesa.
El mosaico completo.
Todos los números juntos. Cada uno corresponde a una capa de la vida de los niños, niñas y adolescentes que ya están.
Uruguay puede discutir cuántos niños faltan.
Pero primero tiene que mirar a los que ya están.
Estos números no hablan de problemas separados. Hablan de una misma infancia mirada desde distintas capas: el ingreso del hogar, la vivienda, los cuidados, la escuela, la crianza, las violencias que se denuncian y las que muchas veces quedan fuera de la conversación pública.
La pregunta no es solo cuántos niños tendrá Uruguay.
Es qué infancia estamos dispuestos a garantizarles.
No es un mosaico de indicadores. Es una radiografía de las condiciones en las que crece la infancia uruguaya: pobreza de ingresos, privaciones materiales, trayectorias educativas desiguales, cuidados insuficientes y violencias que atraviesan la casa, la pantalla y el espacio público.
La pregunta no es solo cuántos niños tendrá Uruguay.
Es qué infancia estamos dispuestos a garantizarles.
Este scrollytelling se construyó con datos de la Encuesta Continua de Hogares 2025 (INE), la Encuesta Nacional de Nutrición, Desarrollo Infantil y Salud ENDIS 2023 (MIDES/INE), la Segunda Encuesta Nacional de Prevalencia sobre Violencia Basada en Género y Generaciones 2019 (Inmujeres), la Encuesta sobre Violencia Sexual contra NNA de UNICEF Uruguay 2026 (muestra no probabilística), el Informe sobre el Estado de la Educación 2023-2024 del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd), y un relevamiento en prensa sobre menores atendidos por heridas de bala con datos institucionales de ASSE y el Ministerio del Interior.
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